Wednesday, February 20, 2008

Edmond Vine Garth



boomp3.com

Esta vendría a ser la historia de un hombre que nació un día que llovía a gusto de caracoles y a rabia de domingueros, que creció en un hogar donde los viernes eran preceptivas las lentejas y los reyes magos pasaron de largo más de una vez; que esperaba sentado en su silla que llegara el cambio que tenía que llegar; que aprendió que cuando la respuesta es igual a “no”, era preferible cambiar de pregunta; que trabajó y trabajó antes de saber lo que significaba el trabajo; que vió cómo su cuerpo cambiaba, perdiendo pureza y ganando cicatrices; que se enamoró y se rompió el corazón; que se arregló el corazón roto para volverse a enamorar; que seguía esperando un cambio que no llegaba, que se fue a la guerra a matar personas que esperaban un cambio; que ganó la guerra y perdió la sensibilidad; que se casó con una mujer a la que no quería pero que le caía bien; que sabía que cada vez el cambio tenía menos margen de tiempo para acontecer; que fundó una casa, una familia y un linaje sobre un pantano sentimental; que tuvo un hijo que se le parecía; que trató de escribir un libro y todo lo que sacó de dos años de esfuerzo y dedicación absoluta fue el convencimiento de que con plantar un árbol y cumplir con el 66,6 % de las obligaciones de un hombre en esta vida ya se sacaba el aprobado a los ojos de Dios; que plantó un olivo delante de su casa que apenas creyó ver crecer en lo que le quedaba de vida; que cada vez estaba más convencido de que el cambio no llegaría nunca; que tuvo que cavar un agujero al pie del olivo y enterrar ahí a su esposa, que murió sin avisar, y ver cómo su hijo se iba de viaje hasta el fin de sus días; que se cansó de trabajar y decidió que seguiría trabajando a desgana; que contó los cabellos que se le caían de la cabeza; que cerró todas las ventanas de su casa y no quiso ver más el cielo; que no supo evolucionar y seguía escuchando su canción en un disco de piedra que cada día fallaba un poco más; que por fin dejó de esperar un cambio en su vida, y que murió un día soleado, a las 11.49 de la mañana, mientras el vecindario se llenaba de turistas y el periódico local anunciaba que los tiempos, por fin, habían cambiado.

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